De pequeña me refugiaba en el hueco que había entre mi cama y la pared. Bajaba la persiana, apagaba las luces y me sentaba allí durante horas. Me sentía a salvo. Cuando se me pasaba, me levantaba, me secaba las lágrimas y salía de mi pequeño rincón.
Hace años decidí erróneamente que las personas eran un buen lugar para refugiarse y por un tiempo me sentí a salvo en ellas, pero no podía controlar ni las luces ni las persianas y dejé de sentirme a salvo.
Hoy sé que mi refugio no puede ser un hueco en el que no quepo y tampoco puede ser una persona pero no puedo evitar sentirme desprotegida. Lo único que puedo hacer cuando llegan los pájaros azules oscuros es esperar. Me tumbo en la cama y cierro Lo ojos. Ellos revolotean sobre mi cabeza, lo sé porque puedo sentir su viento. Mañana cuando despierte se habrán ido o eso espero.
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