jueves, 29 de noviembre de 2018

Luna Roja.

A veces no sé lo que siento hasta que lo dibujo o lo escribo. Aquí está el ejemplo.

Pensando hoy en mis dibujos me di cuenta de que en uno de ellos me tatué en la espalda una Luna roja. La Luna roja de aquella última noche en la que durmimos juntos. Me quedé esperando mucho tiempo a que la Luna volviera, pero al igual que tú, no volvió. No volviste a quejarte de lo pequeña que era mi cama o del calor que hacía en mi cuarto.

Desde aquella luna han llegado otras, pero nunca rojas. Aún así sé que no puedo seguir mirando una Luna que no quiere cambiar de color, que eres tú.

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Cuando algo pasa me siento en la terraza a mirar mi trocito de Madrid. Me encanta imaginar la vida de las personas que puedo ver. El chico del cuarto del edificio amarillo estudia una oposición, pero siempre se distrae viendo series y la señora que sale a fumar a la terraza de enfrente disfruta cuando se toma el café solo en vaso, en taza no. Aquel chico que camina solo por la calle tiene la cabeza hecha un lío y no sabe cómo ni cuándo decírselo.

Me pregunto si  el estudiante aprobará las oposiciones y si algún día el que camina  conseguirá por fin decírselo. Me pregunto si alguien pensará que quién soy yo yo, que qué hago hago ahí mirando. Me pregunto si alguien acertará y se dará cuenta de lo de mi insomnio y de que llevo el pijama sin conjuntar. Me pregunto si algún día  nos pensaremos a la vez.