Me siento como una estación abandonada.
Una estación que estaba acostumbra a ser transitada por familias, parejas, colegas.
Una estación que vivía entre maletas, risas y bullicio.
Una estación que ahora sólo escucha el silencio del viento y que se corroe con cada gota que cae en sus vagones.
Solo eso, una estación vacía por la que a veces es bonito pasear, sobre todo si hay lluvia.
Una caja llena de cristales, purpurina y una nota: la culpa no es de los girasoles.
sábado, 14 de abril de 2018
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